Este no era el plan

Si me preguntases qué es lo que quiero, te diría que escribir novelas policiacas junto al Cantábrico, con tormenta y café.

Claro que también estaría bien escribir en algún rincón perdido del Caribe, rodeada de palmeras y con un mojito en la mano.

Sin embargo, cuando observo mi vida, lo que veo son visitas a obra, contratiempos entre andamios y hormigón, planos de edificios, una mesa llena de papeles y horas escribiendo libros que no son novelas.

No era el plan. Pero resulta que disfruto con cosas que pensé que odiaría, como pasar una mañana en una obra, aunque haga frío.

Está bien descubrir partes de ti que no conocías y dejar atrás otras que ya tienes muy vistas…

…

Con un inglés mediocre, una licenciatura en Derecho y sin saber nada de números, aterricé en la sala de reuniones de un banco internacional donde un hombre que había construido una gran empresa discutía las cláusulas de un contrato de 300 millones de euros.

Ni mi máster en Urbanismo impresionó a aquella gente. Ni mi inglés con acento asturiano espantó a nadie. Lo que de verdad marcó la diferencia aquel día no figuraba en el currículum de nadie.

En aquella elegante sala de reuniones había una decena de abogados, asesores y banqueros. Y en medio de todos ellos, dos hombres enfrentados.

Uno de ellos parecía salido de una escena de Wall Street. Discutía con prepotencia. Marcaba territorio. Y a veces daba algún golpe sobre la mesa.

El otro hombre estaba tranquilo. Escuchaba. Tomaba notas. Revisaba una cláusula. Hacía algún cálculo. Entonces, levantaba la vista, decía una frase y desmontaba todo el argumento. Otras veces simplemente decía: “Tienes razón en esto. Acepto tu punto”. Y volvía a callarse.

En medio de aquella escena, de vez en cuando, aparecía un joven a traer agua o café.

El hombre tranquilo cogía su café, le daba las gracias al joven, comentaba algo a un asesor y ambos revisaban los papeles. Sí, había 300 millones sobre la mesa, pero para el hombre tranquilo seguía existiendo el resto del mundo.

El otro hombre estaba absorbido por la batalla. No veía al joven con el café, ni escuchaba a su propio abogado. Engullía el espresso y seguía sacando problemas de todas partes.

A las diez de la noche, la reunión terminó con ambos hombres aceptando buena parte de las propuestas del hombre tranquilo. Era, sencillamente, el mejor acuerdo para los dos.

Aquel día entendí que no estaba viendo dos maneras de negociar.
Estaba viendo dos maneras de vivir. Dos universos paralelos.
Y supe en cuál quería estar.

Desde aquella reunión han pasado unos cuantos años y varias etapas de mi vida: analista financiero. Directora general en España de un banco alemán. Y ahora, soy promotora inmobiliaria en Asturias.

Y sigo viendo esas dos maneras de vivir.

Sales de casa dispuesto a tener un buen día y, cuando quieres darte cuenta, llevas una hora discutiendo sobre el color del cielo.
O meses intentando cambiar a alguien que no va a cambiar.
O años dando vueltas a los mismos problemas y discusiones sin encontrar la salida.

Abrir la puerta equivocada

Si miras alrededor, con frecuencia te encontrarás con personas perfectamente sensatas que acaban discutiendo horas por auténticas estupideces o perdiendo el tiempo para terminar en el mismo lugar. Y mientras tanto, no ven oportunidades o soluciones que tienen delante.

A veces, una de esas personas soy yo. Y no me gusta.

Por eso me obsesiona ese instante, casi imperceptible, en el que algo empieza a torcerse y terminas dentro de un problema, una discusión, o una relación, sin saber cómo, ni por qué entraste ahí.

Y siempre pienso en lo mismo: tiene que haber una regla para distinguir una puerta de otra unos segundos antes de abrirla. Y claro que la hay.

Y eso fue lo que cambió mi plan.

El plan era dejar Madrid, volver a Asturias, construir viviendas bonitas y tener tiempo para escribir novelas.

Pero en su lugar hay mañanas de hormigón, cafés revisando planos y tardes escribiendo sobre por qué ayer perdí dos horas en una discusión absurda y cómo podría haberlo evitado.

Es fascinantemente agotador.

De hecho, hay días en los que no puedo más. Entonces, fantaseo con mandar esta web, los emails y todo este tinglado a paseo y dedicarme a escribir esas novelas de una vez.

El problema es que sigo siendo incapaz de ver a dos personas perfectamente sensatas destrozarse la mañana (o media vida) por una tontería sin preguntarme cómo detectar en qué momento exacto empezó a torcerse. Y qué hacer para frenarlo.

Así que, en lugar de escribir una escena en la que un detective encuentra la pista que todos habían pasado por alto, termino escribiendo un email sobre qué hacer cuando tu jefe, un necio o tu pareja se han puesto de acuerdo para complicarte el día.