¿Y si volvemos a lo esencial?
¿De verdad vamos a perder dos horas discutiendo esto?
No pido tanto…
Quiero trabajar bien y que se valore lo que hago.
Ir a entrenar. Tomar una cerveza con mi pareja. Y cerrar el día sin estar discutiendo mentalmente con mi jefe.
Vamos, una vida normal que no esté colonizada por problemas innecesarios.
Y entonces llegas a la oficina…
Discusiones de 1 hora para decidir algo que lleva 1 minuto.
25 mensajes de WhatsApp que no deberían existir.
Reuniones de 10 personas en las que solo 2 saben lo que dicen.
Dialogas; callas; lo explicas tres veces; cedes; pones límites; el otro se ofende; decides no darle importancia;intentas explicarlo mejor.
Y el día avanza…
Tercera videollamada.
Tres hablan a la vez. Uno interrumpe. El quinto se justifica.
Otro recuerda una discusión de hace dos semanas.
Callas. Respiras. Sonríes. No es para tanto.
Pero el día no acaba ahí.
Haces la compra, recoges a los niños, llamas a tus padres y sigues a mil hasta que estallas por un contratiempo doméstico.
Y lo sigues intentando…
Haces deporte; comes más sano; lees otro libro; escuchas un nuevo podcast; piensas que el problema es el trabajo; piensas que el problema eres tú; cambias de empresa; confías en que el próximo jefe será distinto.
Así un día tras otro hasta que llega un momento en que ya no sabes qué hacer para salir de ese bucle.
Lo más probable es que no necesites un nuevo hábito, otro curso para reinventarte, ni más expertos en redes diciéndote en 30 segundos cómo vivir tu vida.
Te propongo otra cosa.
¿Y si volvemos a lo esencial?
Hacer que los demás te escuchen y confíen en tu criterio (y que tú también confíes en él).
Eso es autoridad.
Ser capaz de vivir tu vida sin depender de lo que los demás piensen de ti y, al mismo tiempo, saber cuándo escuchar, apoyar o hacerte cargo.
Eso es tener carácter y presencia.
Saber enfocar un problema o una conversación difícil. Cuándo hablar, cuándo callar. Qué decir o cómo plantearlo para que no siga repitiéndose cada martes.
Eso es inteligencia práctica.
Observa esto:
Ahora mismo existen dos personas que tienen el mismo jefe.
Los mismos clientes. Y una vida personal igualmente imperfecta.
Una de ellas dice una sola frase y zanja una discusión; la otra explica las cosas cinco veces y nadie le hace caso.
Una ve rápido el botón que desatasca un problema; la otra da tres rodeos por el desierto antes de descubrir que tiene la respuesta delante.
Una llega a casa, disfruta de una ducha y de la cena con su pareja; la otra se deja caer en el sofá con discusiones mentales y sin energía para nada más.
Lo repito.
Personas con el mismo jefe.
Los mismos clientes. Y una vida personal igualmente imperfecta.
Y viven en universos completamente diferentes.
Y la diferencia no está en comer sano o ser muy positivo.
Ni en conseguir que te hagan caso porque te enfadas constantemente para poner límites, repites las cosas veinte veces o persigues a la gente. Tampoco en complacer a los demás, resignarte y callar.
La diferencia está en lo esencial:
Autoridad. Carácter y presencia. Inteligencia práctica.
Un email semanal para volver a lo esencial:
Pero ojo: esto no significa que todo vaya a ir sobre ruedas.
Significa que puedes colaborar y estar para los demás sin autoesclavizarte, ni someterte al universo de los demás.
Significa que no vas a pasarte la vida eligiendo entre discutir o tragarte tu enfado.
Significa que puedes tener relaciones estimulantes sin mudarte a Bali.
Y significa que tu vida sigue siendo tuya.
Aunque te cruces con contratiempos y personas difíciles.
Aunque tu bandeja de entrada reviente con emails de todos los departamentos que no se ponen de acuerdo.
Aunque sea lunes.